¿Propósitos de verdad o de postureo?

En las empresas, hay momentos en los que es necesario parar, reflexionar. Miramos atrás para ver qué ha pasado, todo aquello que hemos logrado o aquello que hemos perdido.

Sirve además para hacer nuevas listas, nuevos objetivos, nuevos propósitos que cumplir.

Y es que en ocasiones, algunos de estos propósitos se acumulan de año en año, como cuando uno decide empezar a ir al gimnasio o apuntarse a un curso de inglés.

Me pregunto cuántos de esos propósitos están llenos de serrín o inflados de buenas intenciones pero vacíos de realidad.

Cuántos serán ideas que solo se mantienen si son palabras escritas, pero que no se materializan en hechos. O cuántos ni siquiera son eso. Cuántos son solo fachada, maquillaje que sabemos que nos devolverá otra sonrisa (que no sabemos tampoco si es sentida o falsa como nuestras palabras)… Vamos, como el brilli brilli que no es del bueno.

Cuando entramos de lleno en la organización de un evento para la empresa como puede ser: cena de trabajo, lote de navidad, lotería para todos, decoración navideña y deseos por los pasillos de que el año que empieza sea bueno para el que recibe las palabras…

Más dentro aún, Departamento de RRHH: cerrar los procesos de selección abiertos, mejorar los sueldos de toda la compañía, generar políticas de comunicación interna que de verdad sirvan para comunicarnos mejor, trabajar para que se nos vea como algo más que el que contrata y despide, luchar por ser una pieza clave y estratégica de la organización, diseñar planes para mejorar el clima laboral, preguntar a las personas qué quieren de verdad para su formación, estudiar mejoraras tecnológicas que nos hagan más fácil nuestro día a día, poner en marcha de una vez el plan de igualdad que llevamos pensando hace años, mejorar los procesos de selección integrando más personal al departamento, mejorar el presupuesto del departamento, empezar a integrar eso que está empezando a sonar del employer branding…

¿Cuánto de todo eso se repite cada año en las listas de los propósitos que las empresas quieren conseguir?

Los parones de reflexión deberían venir con alarma. Con un pequeño sonido que haga que te despiertes y dejes de pensar.

La reflexión debería servir. Y servir debería llevar implícito un cambio. Si los sueños, deseos o propósitos que nos proponemos son reciclados… ¿Podrían llamarse en realidad propósitos?

Dice Marie Kondo, gurú del orden, que si en 6 meses no has utilizado algo que tenías guardado, es porque en realidad no lo necesitas en tu vida y puedes decirle adiós. Quizás podríamos hacer lo mismo con los propósitos.

Hagamos una reflexión sobre si realmente eso que “queremos” hacer es de verdad importante. Y si lo es, debemos poner los medios necesarios para conseguirlo.

¿Quieres que los procesos mejoren? Pues ponte unas fechas en las que vas a desarrollar una estrategia de análisis, de búsqueda de información y valorarás las alternativas que de verdad integren mejoras.

¿Quieres de verdad mejorar la estrategia de Employer Branding? Asegúrate de que quede claro en la reunión con el Comité cómo se va a enfocar el Plan para que vaya de arriba abajo, habla con todos los stakeholders e implícalos para que participen, se trata de que se impregnen de la cultura que estáis transformando.

No es una campaña puntual, es algo que estáis tratando de cambiar y por este motivo necesitáis a todo el equipo, a toda la organización.

Las buenas intenciones se quedan en papel mojado si no las enlazamos con realidad, con hechos llenos de actividad.

Los propósitos dejan de serlo si no van acompañados de acción. Por ello, cuando sintamos que queremos volver a parar, puede que miremos atrás y nos demos cuenta de que habrá muchas cosas que sí se habrán conseguido y otras, que no se habrán hecho bien del todo, o que debemos cambiar.

Incluso algunas  las tendremos que eliminar porque, simplemente, no han sido posibles. Pero esa es la única manera de que lo sepamos: ponernos en marcha. No dejar que los objetivos se queden ahí quietos, en un papel o en las cabezas de quienes los sueñan.

Para ello, tanto a nivel personal como dentro de las organizaciones, debemos ser responsables, coherentes y hacer un ejercicio de sinceridad con nosotros mismos. Debemos alinear nuestros valores y nuestras necesidades. Debemos escuchar esa voz interior que nos da indicadores de que llegando a conseguir ese objetivo, ganaremos.

Y se gana de muchas maneras: en calidad de vida, en dinero, en clientes, en satisfacción de nuestros empleados, en ventas… Hay muchos parámetros en los que fijarnos para analizar el impacto de nuestro esfuerzo por conseguir algo.

Pero siempre es esencial detenerse a analizar qué es realmente importante para nosotros, para nuestro departamento, para nuestra organización. No seamos tan ilusos de copiar propósitos, o peor aún, de contemplar la posibilidad de compartir un propósito con alguien que no está, ni de lejos, alienado con nuestra cultura o estrategia, porque entonces caeremos en lo absurdo de aquello que ni siquiera es difícil, si no brilli brilli del falso. Y eso, hoy en día es fácilmente detectable… Por no hablar de las consecuencias negativas que acarrea.  

No todas las empresas nacieron con brilli brilli del bueno. Algunas aprendieron por el camino y cogieron el timón con las manos, para hacer de los propósitos, auténticas acciones que fomentaron cambios de verdad.

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