Yo elegí… Aposté por ser feliz

Advertencia: lo que vas a leer contiene material sensible que puede cambiar tu vida. No continúes leyendo si no estás preparado para aproximarte a la felicidad.

Bueno, quizás me he pasado. No me malinterpretes, no te voy a dar la fórmula mágica que haga que seas más feliz inmediatamente. Eso sí, voy a explicarte qué he descubierto a lo largo de los años que me ha permitido ser más feliz, se trata de mi historia más personal. Y me parece de vital importancia que la conozcas porque contiene unos denominadores comunes que son extrapolables a todo aquél que sea lo suficientemente valiente como para iniciar este apasionante viaje.

Mi revelación de cómo lograr ser feliz la baso en lo que he vivido personal y profesionalmente en los últimos años. Pero que quede claro que no te explicaré cómo afrontar un cambio de trabajo, para eso ya está el brillante artículo que María Gutiérrez escribió en este blog. Te voy a contar algo que es aplicable a cualquier ámbito de la vida, a cualquier pequeño o gran objetivo.

Empecemos, por el principio: ¿Qué es felicidad? Yo siempre defiendo que cada uno de nosotros tenemos nuestra propia definición. Desde antiguo se vienen acuñando distintas acepciones y la mayoría parecen converger en ese fin al que hemos de tender.

Entiendo la felicidad como ese estado que nos permite sacar lo mejor de nosotros mismos y sentirnos plenamente realizados como seres humanos.

¿Y cómo llegamos? Tal y como os expliqué en mi anterior post «Ser feliz en el trabajo es posible«, siempre me ha obsesionado sanamente la felicidad. Estaba en el colegio y cuando me preguntaban qué quería ser de mayor contestaba: quiero ser feliz.

Todo el tiempo intento que los de mi entorno estén animados, pese a las adversidades de la vida. Hay quienes incluso han llegado a decir que aunque en el vaso haya solo un par de gotas, yo ya lo veo medio lleno.

Sin ir más lejos, a mis amigos opositores, cuando les preocupa que hay muy pocas plazas para tantos candidatos, siempre les digo que ellos solo necesitan una, que no se preocupen por los demás. Simplemente no entiendo el lamento y el pesimismo gratuito si existe la opción contraria.

Y hago énfasis en lo de gratuito, donde no entran esas situaciones que nos pueden sobrepasar y llevar a esos estados.

Todo este modelo y visión de vida, todo lo que predicaba a mis allegados, chocó frontalmente de la manera más cruda con mi realidad profesional: no era feliz. Es decir, y lo digo por vez primera por escrito, me convertí en el mayor hipócrita emocional que había conocido jamás.

Pero…

¿Cómo iba a predicar felicidad si internamente, aquello a lo que destinaba la mayoría del tiempo que era el trabajo, no me hacía feliz?

Lo peor era, que ese estado provocaba ansiedad, desespero, apatía… Incluso rozó la depresión en cierto momento, afectando a mis seres más queridos. Si alguien que me conoce lee esto, no lo creerá, pues por fuera siempre intentaba mantenerme como un roble, mientras por dentro me iba marchitando.

En ese momento, dije basta. Y dije basta por una serie de sucesos que me permitieron ver el valor de la vida y nuestra posición en el mundo. 

Sin ayuda profesional de nadie (lo aclaro porque me lo preguntan a menudo), empecé a analizarme y a estudiar cómo cambiar esa situación. Según apuntaba al inicio, este viaje implica ser valiente, porque te vas a encontrar con momentos muy duros antes de alcanzar esa felicidad. Es un pequeño precio que merece la pena pagar.

La vida es finita

Un jueves cualquiera salía de trabajar y como cada tarde me dirigí al gimnasio para entrenar. Era lo mismo de cada día. Pero de repente, sobre las ocho de la tarde, una pieza de una máquina se desprendió y cayó sobre mi cabeza abriéndomela como un melón. Afortunadamente, gracias a tener el cráneo duro como Homer Simpson, estoy fantástico y no sucedió nada grave. No obstante, cuando el neurocirujano me dijo que tenía la zona del cráneo donde había sufrido el golpe más gruesa de lo normal y que la película hubiera sido distinta si me hubiera caído un poco más a la derecha o la izquierda, te planteas muchas cosas. No habría escrito estas líneas por ejemplo.

Por eso, de lo primero que me pregunté fue: ¿Cómo te sentirías si te anunciaran que la semana que viene vas a morir? Triste por los que quiero y triste por no sentirme realizado, por no estar haciendo lo que quería en la vida. 

Por lo tanto, la primera lección que extraemos es que el tiempo es limitado y se consume, nunca lo vas a poder recuperar y depende de ti destinarlo a lo que quieras.

Sé honesto contigo mismo

Es curioso ver cómo pasan los años y las cosas no cambian. Tienes unas expectativas que no llegan pero como si de una pelota se tratase, vas chutándola hacia adelante para que tu “yo” del futuro resuelva ese problema. ¿Por qué las cosas quizás no habían salido como esperaba? ¿Por qué no me sentía en muchas ocasiones dueño de mi vida? La respuesta era bien simple: no había hecho nada para cambiarlas.

Durante años había intentado realizar actividades que me sirvieran como vía de escape a mi realidad profesional con la esperanza de poder vivir de ellas y dejar así mi trabajo. Qué ingenuo. 

Había sido víctima de una inercia vital más o menos involuntaria y caí en la cuenta que me había estado mintiendo poniendo excusas ante esas situaciones frustradas. Esas excusas eran obstáculos que me impedían ver mi camino con claridad. Es natural mentirse porque es un mecanismo de supervivencia. Nuestro cerebro está programado para justificar todo lo que sucede para que no se produzcan cortocircuitos emocionales. Pero esos cortocircuitos son necesarios si deseamos  llegar a esa felicidad. 

Ah, y que no me olvide, es duro, es realmente doloroso ser cien por cien honesto con uno mismo, porque descubres en tu interior, cosas que quizás habías escondido por mantenerte sereno a diario.

O lo haces tú, o nadie lo hará por ti.

Una vez fui consciente de las mentiras que me había estado contando y, al ver la luz que éstas tapaban, aprendí la tercera lección del viaje de la felicidad: No puedes esperar que las cosas sucedan porque entonces nunca ocurrirán.

Por lo tanto, la opción era simple y aterradora a la vez: o me quedaba como estaba, con mi sueldo seguro, mi posición y mi reputación -pero sin ser feliz-, o lo dejaba todo, rompía con mi vida profesional radicalmente, sin respaldo de ningún tipo -pero siendo feliz-.  

Elegí ser feliz. Y no solo eso, sino que como tenía clara mi pasión por la comunicación desde hacía tiempo, unido a mi enamoramiento por la felicidad, destiné mi vida a conseguir felicidad en el trabajo a través de EFFICIENT HAPPINESS. Lo maravilloso trae cosas maravillosas, y si la felicidad es lo más maravilloso que existe junto al amor, cómo no iba a pretender lo mejor para el mundo laboral. Y no lo olvides, te hablo de mi historia profesional pero llévala al ámbito que desees.

Me encanta decir que la vida es como una gran ola que eliges surfear o no. Si no la surfeas y te mantienes tumbado encima de la tabla te llevará más o menos cómodamente (¿te suena lo de la zona de confort?), pero tus ojos siempre verán la costa y tendrás el riesgo de que, si no haces, termines chocando contra las rocas. En cambio, si la surfeas, será más arriesgado y más difícil, pero tu perspectiva te permitirá, no sólo mirar la costa sino el cielo, el paisaje, el interior de la ola; en definitiva, tomarás el control de la situación y disfrutarás más.

Quiérete más que a nadie (bonus track)

Por último, no quería acabar mi personal recetario sin mencionar algo que, al tenerlo claro desde hace mucho tiempo, me ha ayudado a enfocarme hacia lo que verdaderamente quiero. Y, sobre todo, con quien verdaderamente quiero.

O te quieres o no podrás dar amor a nadie. No me refiero a un amor sólo de pareja sino al concepto de amor más abierto que imagines. No podrás estar en paz y armonía con tu entorno y con quienes te rodean si primero no lo estás contigo mismo. Si lo piensas tiene todo el sentido ¿no?

Recuerda que cuanto mejor estás (y más te quieres), mejor estarás con los demás (y más los podrás querer). Todo el mundo merece tu mejor versión y es importante buscarla para vivir nuestra finita vida de la mejor forma posible.

De todo ello he aprendido que la felicidad no es el fin del trayecto, sino el medio que te lleva a donde tus deseos te guíen.

Dicho esto ¿Y si me preguntaran ahora que la próxima semana voy a morir? Seguiría triste por dejar a las personas que quiero, pero estaría tranquilo por haber dirigido la vida exactamente hacia dónde quería.

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